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Preocuparse es como una mecedora: te da algo que hacer pero no te lleva a ninguna parte

Marisol Garrido
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La vida fluye constantemente hacia adelante. Todo en la Creación avanza, se expande y se perfecciona de acuerdo con un orden inteligente. Cuando el ser humano entra en armonía con ese fluir natural, su experiencia se vuelve clara, serena y constructiva. Cuando se aparta de ese ritmo, aparece una sensación de estancamiento interior que muchas veces se manifiesta como preocupación.

La preocupación es una actividad mental que ocupa la atención, pero no produce avance. Da la impresión de movimiento interno, sin embargo, no genera resultados reales. La conciencia permanece girando sobre el mismo punto, repitiendo imágenes, escenarios y pensamientos que no conducen a una acción clara. Por eso se la puede comparar con una mecedora: hay movimiento, pero no hay desplazamiento.

La enseñanza de esta Luz nos recuerda que la energía sigue a la atención. Allí donde el sentimiento se posa, la Vida comienza a responder. Cuando la atención se sostiene en calma, claridad y confianza, la energía fluye de manera ordenada. Cuando la atención se dispersa, la energía pierde dirección. Por eso es tan importante educar el sentimiento, no reprimirlo, sino conducirlo.

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El estudiante consciente aprende a distinguir entre presencia activa y actividad mental repetitiva. La presencia activa se manifiesta como atención plena al momento actual. Desde allí surgen las decisiones correctas, las acciones oportunas y las palabras adecuadas. La actividad mental repetitiva, en cambio, mantiene a la conciencia ocupada sin permitirle ver con claridad.

La Vida siempre se revela en el ahora. Es en este instante donde la inteligencia divina puede ser escuchada, sentida y aplicada. Cuando la conciencia se establece plenamente en el presente, todo se ordena de manera natural. La mente se aquieta, el sentimiento se estabiliza y la acción se vuelve sencilla.

La preocupación surge cuando la atención se proyecta hacia escenarios que aún no han sido llamados a la forma. Esa proyección no trae soluciones; solo dispersa la energía que podría estar disponible para el momento presente. En cambio, cuando el estudiante permanece consciente aquí y ahora, la Vida se encarga de revelar el siguiente paso con absoluta precisión.

La serenidad no es pasividad. Es claridad interior. Es la capacidad de mantener el sentimiento estable mientras la mente observa con lucidez. Desde ese estado, cada situación encuentra su cauce natural. Muchas respuestas aparecen sin esfuerzo cuando el sentimiento está en equilibrio.

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La enseñanza de esta Luz siempre ha señalado que la armonía es el requisito indispensable para toda manifestación constructiva. No como una meta futura, sino como una condición presente. Cuando el sentimiento está en armonía, la energía fluye sin obstáculos y las circunstancias se reorganizan con suavidad.

El entusiasmo es una fuerza silenciosa pero poderosa. Mantiene la conciencia abierta, receptiva y creativa. Cuando el entusiasmo está presente, incluso las tareas más simples se llenan de sentido. La Vida responde con mayor rapidez cuando encuentra un sentimiento dispuesto, alegre y confiado.

El autocontrol no implica rigidez. Es dominio amoroso del propio mundo interno. Significa elegir conscientemente dónde colocar la atención y cuánto tiempo sostenerla allí. El estudiante que desarrolla autocontrol aprende a dirigir su energía con suavidad, sin esfuerzo y sin tensión.

Cada vez que la atención se recoge y se centra, la conciencia se fortalece. La mente deja de divagar y comienza a servir como instrumento claro. El sentimiento se vuelve estable y la acción surge naturalmente. Así, la vida cotidiana se transforma en una experiencia ordenada y fluida.

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La confianza es una cualidad que se cultiva con práctica consciente. Nace del reconocimiento de que la Vida es inteligente y responde siempre al llamado interno. Cuando esa confianza se establece, la experiencia diaria se simplifica. Las decisiones se vuelven más claras y los pasos se dan con mayor firmeza.

El presente contiene todo lo necesario para el avance. No hace falta cargar con imágenes futuras ni revisar constantemente lo ya vivido. Cada momento trae consigo la guía exacta que se requiere. Cuando la conciencia aprende a escuchar ese ritmo, la experiencia se vuelve profundamente armoniosa.

La claridad interior surge cuando el sentimiento está en paz. Desde esa paz, la mente percibe soluciones que antes no estaban visibles. No porque hayan sido creadas en ese instante, sino porque la conciencia se volvió capaz de reconocerlas.

La Vida no exige tensión, exige receptividad. No demanda esfuerzo mental constante, sino atención consciente. Cuando el estudiante comprende esto, su caminar se vuelve más ligero. La carga interior se disuelve y el avance se vuelve natural.

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Por eso, esta enseñanza invita a soltar el movimiento que no conduce y a elegir el paso consciente que sí transforma. A permanecer presentes, atentos y abiertos. A confiar en la inteligencia que sostiene toda la Creación y que también sostiene cada aspecto de la vida individual.

Cuando el sentimiento se mantiene sereno, la mente clara y la acción consciente, la experiencia se ordena sin esfuerzo. Allí ya no hay estancamiento, porque la Vida misma está avanzando a través de la conciencia despierta.

Así, el estudiante deja la mecedora y comienza a caminar. No con prisa, no con tensión, sino con paso firme, mirada clara y corazón en paz.

Cuando la conciencia entra en ese fluir natural, la experiencia cotidiana deja de sentirse fragmentada. Las actividades diarias ya no se viven como una carga mental, sino como expresiones ordenadas de la energía vital. Cada acción encuentra su momento, cada decisión su claridad, cada paso su ritmo exacto. La vida se vuelve simple, no porque tenga menos contenido, sino porque la conciencia dejó de dispersarse.

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La estabilidad interior permite que la mente cumpla su función correcta: observar, discernir y ejecutar. Cuando el sentimiento está sereno, la mente se convierte en un instrumento fiel, preciso y creativo. Desde allí, el hacer cotidiano adquiere una cualidad distinta, más consciente, más fluida, más eficiente.

El estudiante comienza a reconocer que muchas de las tensiones habituales no provenían de las circunstancias, sino del hábito de sostener la atención en múltiples direcciones al mismo tiempo. Al unificar la atención, la energía se recoge y se fortalece. Esa fuerza interior se traduce en claridad, firmeza y continuidad en la acción.

La Vida responde con exactitud matemática a la conciencia que se mantiene enfocada. Cuando la atención no se dispersa, los resultados se manifiestan con mayor orden. No hay apresuramiento ni demora; hay sincronía. Las oportunidades aparecen en el momento preciso y los recursos se revelan cuando son necesarios.

Este estado de presencia consciente permite percibir que cada día trae su propia provisión de energía, ideas y soluciones. No es necesario cargar con anticipaciones ni sostener imágenes futuras. La inteligencia de la Vida se encarga de mostrar el siguiente paso cuando la conciencia está disponible para recibirlo.

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La serenidad interior crea un espacio donde las respuestas emergen con naturalidad. Muchas comprensiones profundas surgen en momentos de quietud, cuando el sentimiento está en equilibrio y la mente descansa. Allí, la guía interna se hace evidente sin necesidad de esfuerzo.

El estudiante que vive de esta manera descubre que la confianza no es una creencia, sino una experiencia directa. Al observar cómo la Vida responde cuando la conciencia permanece clara, esa confianza se afianza. Cada experiencia ordenada refuerza la certeza de que existe un principio inteligente sosteniendo todo el proceso.

Desde esta comprensión, el entusiasmo se vuelve constante. No depende de factores externos, sino del contacto interno con la corriente de Vida. Ese entusiasmo se expresa como interés genuino por la experiencia presente, apertura a lo nuevo y disposición a participar activamente en el fluir diario.

La claridad interior también fortalece la capacidad de elección. Las decisiones dejan de tomarse desde la confusión y comienzan a surgir desde la certeza interna. Esto no implica saber todos los resultados, sino reconocer el paso correcto en cada momento.

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Cuando la conciencia se mantiene estable, la acción se vuelve coherente. No hay contradicción entre lo que se siente, se piensa y se hace. Esa coherencia genera una sensación profunda de integridad interior que se refleja en todas las áreas de la vida.

El orden interno se traduce en orden externo. Las actividades se organizan, los tiempos se equilibran y las relaciones se armonizan. No como resultado de control, sino como consecuencia natural de una conciencia que dejó de dispersarse.

Este modo de vivir transforma la experiencia diaria en un camino de aprendizaje continuo. Cada situación se convierte en una oportunidad de aplicar claridad, presencia y serenidad. No hay resistencia al movimiento de la Vida; hay cooperación consciente.

La continuidad en este estado fortalece la percepción interior. El estudiante aprende a reconocer las señales sutiles que indican cuándo avanzar, cuándo ajustar y cuándo permitir que las cosas se acomoden por sí mismas. Esta sensibilidad no se desarrolla desde la tensión, sino desde la atención serena.

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La energía vital fluye con mayor intensidad cuando encuentra un canal despejado. La conciencia clara actúa como ese canal. Allí, la Vida se expresa con plenitud, sin interferencias, sin fricción, sin desgaste innecesario.

A medida que este estado se vuelve habitual, la experiencia de avance se hace constante. Ya no hay sensación de estancamiento, porque la conciencia está en movimiento real. No un movimiento mental repetitivo, sino un avance genuino, sostenido y consciente.

De esta forma, la comparación inicial cobra pleno sentido: la mecedora queda atrás porque la conciencia eligió caminar. Caminar con presencia, con claridad y con confianza. Cada paso es real, cada experiencia aporta comprensión, cada día suma crecimiento.

Así, la vida deja de ser un esfuerzo y se convierte en una expresión ordenada de la energía consciente. El fluir se restablece, la claridad se afianza y la experiencia se vive con profundidad, sencillez y paz.

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