Vivir en equilibrio perfecto

Cuerpo, mente, alma y emociones deben estar en armonía para que logremos el equilibrio. Estas son las cuatro patas de la mesa. Cuando nos enfocamos en una sin tomar en cuentas las otras, usualmente perdemos el equilibrio y nos cuesta poder actuar con completa convicción, ya que funcionan en sintonías unas con otras.

El Crecimiento Personal es lograr trabajar todas de una forma integral, donde no hay una que sea más importante que la otra, y donde desde ellas podemos actuar de manera más equilibrada en la vida.

Estas cuatro partes de nuestro ser son las que debemos mantener en equilibrio para sentirnos más plenos:

Cuerpo: Nuestro físico es el vehículo desde donde vivimos. Si no mantenemos el equilibrio en nuestro cuerpo o conocemos cómo moverlo adecuadamente es probable que haya situaciones en las que nos cueste desenvolvernos porque el “cuerpo no nos da”.

Mente: La máquina que cree saberlo todo y que nos cuesta hacer callar. Cuando aprendemos a hacer que la mente trabaje para nosotros y no al revés, es que se abre todo un mundo de creatividad.

Emociones: Son el termómetro de lo que vivimos, las encargadas de hacernos saber si nos gusta o no el dónde estamos o qué hacemos. El impulso que nos lleva a actuar, reconocerlas y transformar ese fuego en un láser preciso puede ser una gran ventaja.

Espíritu: Nuestro verdadero ser, la conexión con lo que realmente somos antes de nacer, y la esencia de la vida. Lograr reconocernos como seres espirituales que debemos actuar en lo físico es lo que nos hace humanos.

Entonces, ¿qué podemos hacer para ayudar a nuestro sentido del equilibrio y así alcanzar una posición de estabilidad lo más rápidamente posible?

 

1- Conocer la posición de nuestro centro.

En el ser humano el centro depende, o está influido, por cuatro componentes: El cuerpo, la mente, las emociones y el espíritu. Y es fundamental verlos en conjunto, ya que estos componentes están interrelacionados, y lo que afecta a uno puede influir en los demás. Por ejemplo: imaginemos que nos encontramos tristes, o ansiosos, y decidimos reducir o enmascarar estas emociones con algo físico como comida poco saludable, o alcohol. Sin duda esta acción tendrá un efecto en nuestro cuerpo, que a su vez provocará pensamientos de auto castigo, culpabilidad,…, y acabaremos añadiendo a las emociones que queríamos evitar otras como debilidad, impotencia, etc.

Sin embargo, si por ejemplo sabemos que el ejercicio físico nos hace sentir bien, saludables, calmados, cuando ocurre algo que nos produce ansiedad y que nos desestabiliza, podremos usar el ejercicio físico como medio para volver a aquello que queremos. Y de ahí la importancia de conocer, nuestro centro y lo que nos lleva a él.

Cuando estamos centrados, o en el “centro”:

En nuestra mente abundan los pensamientos útiles que sirven para avanzar, buscar soluciones, ver diferentes perspectivas. Es fácil ver algo que apreciar, o aprender en cualquier situación y observar sin hacer juicios.

Nuestro cuerpo es flexible y saludable, y nos sentimos a gusto con nuestro aspecto físico.

Contamos con flexibilidad emocional que nos ayuda a aceptar y procesar nuestras emociones cuando vienen, sin resistirlas, juzgarlas o esconderlas.

Nuestro espíritu se siente libre, pleno y las acciones de nuestro día a día están alineadas con aquello que es importante para nosotros, nuestros valores.

 

2- Prestar atención a las señales que nos indican que no estamos en el centro y evitar aquellos comportamientos, o acciones, que nos pueden sacar de él.

Por ejemplo:

– Indicadores de que nuestra mente se está alejando del centro: pensamientos inútiles que nos hacen sentir mal, el auto castigo y la crítica negativa hacia uno mismo, el lenguaje desmotivador y pesimista sobre las circunstancias actuales y el futuro.

– Acciones que pueden sacar a tu cuerpo del centro: una dieta no adecuada a tu ritmo de vida, sedentarismo, abuso de sustancias como el alcohol o el tabaco, ausencia de cuidado personal o corporal, abusos del cuerpo, malestar con ciertas partes de nuestro cuerpo.

– Indicadores de que podemos estar fuera de nuestro centro emocional: nos resistimos, negamos, o escondemos ciertas emociones que pensamos que no son apropiadas, o que nos hacen ser más vulnerables o peores personas. Nos incomoda estar solos y buscamos la compañía constante, o al revés. Nos sentimos irascibles, y abrumados por nuestras emociones.

– Acciones que pueden descentrar a nuestro espíritu: No prestar atención a lo que queremos y vivir según las reglas de otro. Actuar en contra de nuestros valores, de lo que es importante para nosotros, o desde el deber en vez de el querer. No confiar en uno mismo.

 

3- Cultivar los hábitos y prácticas que nos hacen estar en el centro.

Algunas prácticas o hábitos que nos pueden ayudan a mantener la estabilidad:

Espiritual: un diario de gratitud, tiempo a solas para reflexionar sobre uno mismo, ritual en la mañana que te prepare para el día, igualar tus necesidades a las de los demás.

Emocional: acostumbrarnos a comunicar y procesar lo que sentimos en el momento a los seres. Demostrar Amor.

Corporal: comidas regulares y equilibradas desde el punto de vista nutritivo, comer despacio, ejercicio físico, abrazar al saludar a los amigos y/o seres queridos.

Mental: meditación, visualizaciones de aquello que queremos o que nos relaja, ver las situaciones desde varias perspectivas.

 

 

Nuestra estabilidad depende del estado de nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestras emociones y nuestro espíritu. El sentido del equilibrio nos ayuda a recuperar la estabilidad siempre que tengamos claro cuál es el punto central o de estabilidad para nosotros.

 

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